"Sin embargo, a pesar de que seguía creyendo que todo aquello no había afectado a sus sentimientos, lo cierto es que poco a poco su pasión iba cediendo y transformándose. No está en la esencia de la naturaleza humana vivir sólo de recuerdos, y así como las plantas y cualquier ser necesitan la fuerza nutricia de la tierra y la luz del cielo filtrada una y otra vez, para que sus colores no palidezcan y sus cálices no se deshojen marchitos, también los sueños, que parecen no ser de este mundo, necesitan alimentarse de sensaciones, el sostén de la ternura y de lo palpable, de otro modo su sangre y su intensidad pierden brillo. Así le sucedió también a ese joven apasionado, antes de que él mismo se direa cuenta, cuando durante semanas, meses y, al final, un año y luego otro más no le llegó ni una sola noticia de ella, ni siquiera unas palabras escritas; su amada no volvió a dar señales de vida, entonces su imagen comenzó a oscurecerse poco a poco hasta caer en un crepúsculo. Cada día de trabajo quemado dejaba un par de motitas de ceniza sobre su recuerdo; todavía ardía incandescente con rojo fulgor a través de la herrumbre, pero, al final, la cubierta gris se fue haciendo más y más gruesa".
Stefan Zweig, Viaje al pasado.
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